Cuando aún iba al cole intentaron enseñarme la segunda derivada. Si alguna vez supe hacerlo lo he olvidado. Pero de lo de que el primer paso para entender una ecuación era simplificarla, no. Que muchas de nuestras necesidades son fruto de las facilidades para satisfacerlas, que la oferta ha creado una demanda que cada vez resultaba menos tener que ver con nosotros, está tan claro como que ahora, que nuestras facilidades económicas están disminuyendo, esas necesidades podremos no satisfacerlas, y encima con la sensación de habernos quitado un peso de encima. De estar simplificando la ecuación. Nos encanta la complejidad de las relaciones humanas pero no su complicación, porque sabemos que la complicación de la interacción humana en las sociedades industriales diluye, (hasta la anulación) el sentimiento de responsabilidad moral.
Se ha dicho que lo simple es falso y lo complejo inutilizable. Que al paso de lo simple a lo complejo debemos la aparición de “propiedades emergentes", esas propiedades que surgen a un determinado nivel de complejidad pero no se dan en niveles inferiores. Entendemos a los organismos vivos como sistemas energéticamente abiertos pero organizativamente cerrados, así hemos recorrido el camino que va desde el origen de la vida a las bacterias y desde las bacterias a las moneras, a los pluricelulares, los hombres, la conciencia y la tecnología que teje nuevas redes de las que sin duda emergerán los seres vivos que nos sucederán. Lo complejo no es inutilizable, pero eso de que lo simple es falso es, al menos a nivel operativo, una simpleza.
Puede asegurarse que el complejo que figura como civilización occidental estriba en una negativa del principio-desierto. Ese desenlace se consumó al cabo de una serie de pasos que se pueden interpretar como una retracción consecuente del extremo anacoreta. Mencionaré aquí sólo tres de ellos: el receso de los solitarios en favor de las comunidades monacales; el reforzamiento de la dimensión trabajo en la regla occidental y la proscripción de la vita contemplativa mediante la sociedad de producción burguesa moderna.
No sólo maduran los seres humanos, maduran también las civilizaciones, y desde luego envejecen y mueren como ellas, y como ellos son son sucedidas por otras. Nuestro sistema, al igual que algunos de nosotros, envejece; estemos orgullosos de ello, seamos consecuentes. La misión del envejecimiento es proteger a los organismos complejos de una muerte temprana por cáncer. O por lo menos hacer más lenta una marcha que, si no, conduciría a la clínica oncológica a un individuo apto para la reproducción. Valga eso para la segunda derivada de nuestra ecuación, no ya el “por qué” cambiar esta manera de hacer las cosas, sino “para qué” hacerlo. El comprender, como el fijar objetivos: trucos mnemotécnicos.
Como buenas criaturas de nuestros padres escapamos con nuestra complejidad de ellos, como harán nuestros hijos de nosotros, sin duda. Adivinar la frontera del caos, lo no aleatorio de nuestra complejidad, para intentar cambiarlo, o seguirlo con el pensamiento puesto en los no nacidos, en su posibilidad de hacérselo con sistemas más complejos todavía. Para mejorar la calidad de nuestras deliberaciones y decisiones estamos interesados en reducir controladamente la complicación innecesaria de las modernas sociedades industriales, cuyos problemas (efecto Hidra) aumentan más deprisa que sus soluciones en muchos ámbitos.
Muchas veces se confunde la riqueza de nuestras relaciones con su banalización, banalización que afecta entonces a las ideas mismas y estas se reducen a chascarrillos, el pensamiento se abarata hasta convertirse en cháchara de taberna, y la complejidad se detesta porque no es divertida. A este proceso lo llaman multiculturalidad los demócratas, porque resulta ventajoso para quienes ostentan el poder que no sea fácil reconocer discursos sólidos, articulados, coherentes y con prestigio. Si, como dijo Goethe, bajo una luz excesiva no se distingue nada, en la apoteosis del ruido no se oirá a nadie.
Con lo de repolitizar la economía estamos diciendo que está despolitizada la pobre, que le hace falta una especie de rehabilitación. Estamos convirtiendo las buenas intenciones en juegos de palabras, y ya lo dicen los chinos, dar bien el nombre a las cosas es el primer trabajo, el que hace posible que hagamos bien todos los demás. Demasiadas veces hemos visto cómo hemos dejado de preocuparnos por cómo entender o para qué trabajar, cómo hemos creído resuelta una cosa, porque hemos dado con una palabra para ella, como para que ahora nos vengan redefiniendo las fronteras entre religión y arte, entre política y economía, típico consuelo intelectual, si no puedes hacer nada por arreglarlo, al menos inventa otro paradigma, encuentra por fin la derivada, o al menos haz un buen chiste, y olvida el tema.
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