Privacidad.


Sapere ne aude. Saber no atreverse. Atreverse a no saber. De uno mismo y de los demás. Nuevos algoritmos en fusión de datos han permitido localizar al terrorista más buscado. Y seguirle colocando cerca de él una minúscula etiqueta de identificación por radiofrecuencia (RIDF). Marcar a sus contactos, vender la información al mejor postor que a su vez decide cuándo y cómo darla a conocer. ¿Que se equivocó cambiando la matrícula? ¿Que es un fumata? ¡Anda ya!

Antes de saber qué vas a hacer con la información que halles ¿no deberías plantearte qué vas a hacer con ella, cómo puede afectarte, cómo puede alterar tu red relacional? Un perfil genómico es una información diferente al de un análisis de sangre convencional. No quiero saber de él, no quiero tener que no decírselo a mis hijos. Tampoco tengo ningún interés especial en saber de lo tonta que soy o en qué. O cuánto en realidad me quieren los que dicen que me quieren. O cuándo se me va a acabar la suerte, la alegría de vivir, la salud o el dinero.
Pero el que lo sepa otro todavía me hace menos gracia. No quiero que lo sepa el que me tiene que dar trabajo o fijar la póliza de seguro, por mucho que eso suponga una rebaja. Ni encontrar propaganda de BMW en mi buzón, o llamadas de un club de vinos a mi móvil, ni propaganda entre mis e-mails, porque me recuerda lo que creen saber de mí.

Dame lo que quieras, mientras no sean tus secretos. Eso vale ante todo para uno mismo. Para todos vosotros hago dieta y ejercicio y me tomo la vida tan alegremente como alcanzo. Pero sólo a ti te digo, querido amigo o querido médico, que a veces me pondría a llorar, que tomo pastillas para dormir o contra la ansiedad. ¿Y para mí? Ni quiero saber mis probabilidades de cáncer de mama ni las de padecer alzheimer. Ni quiero que mis hijos sepan de ellas, por mucho que eso pudiera servirles de advertencia para tomar alguna medida preventiva. Si sabes algo de mí que puedes no decirme, no lo dudes, no me lo digas. Ya quedó escrito hace mucho que se pierde lo mejor de la vida sabiendo demasiado de amigos o amantes. La búsqueda, la defensa de la privacidad, es otro aspecto de nuestra identidad. Y en esta nuestra época esquizoide, una condición de salud mental.

¿Buscar el saber sin buscar el poder? Eso no se lo creían ni los griegos. Si sabes algo de mí que no me dices es porque pretendes poder usarlo contra mía, así pensaban esa panda de chismosos. No tener información sobre nuestros delegados (políticos y económicos) y que ellos puedan tenerla sobre los ciudadanos de a pie son las dos partes del mismo abuso. El reclamar derecho a nuestra privacidad y exigir transparencia sobre las cuentas y las vidas de los poderosos son el derecho a la información y a la privacidad bien entendidos.

Los primeros francmasones aceptaban el hecho del enemistamiento y aceptaban el secreto y el hecho de pensar de una manera lógico-bélica... decían que hay que llevar el saber como un arma y, si es posible, como un arma secreta. Hace siglos que las personas defendemos nuestra intimidad con susurros, oscuridad, sobres, puertas cerradas, secretos apretones de manos y mensajeros. Ahora defendemos nuestra intimidad con criptografía, correo anónimo, firmas digitales, códigos electrónicos. No lo tenemos más fácil que antes. Ahora lo nuestro no sólo está al alcance de una multitud de personas de dentro, nuestro inconsciente, sino de multitudes de fuera, ese otro inconsciente. De los dos sabemos muy poco, gracias a Dios.

Antes se creía que el individuo estaba alienado porque otros (el Estado, el poder) poseían toda la información sobre él... Pero las cosas han tomado otro cariz. Hoy se vislumbra esta verdad: el individuo nunca se sentirá tan alienado por el hecho de que se sepa todo sobre él como por el hecho de que él se vea obligado a saberlo todo sobre si mismo. La información, el incremento de información sobre nosotros mismos, es una especie de electrocución. Produce una especie de cortocircuito continuo en el que el individuo quema sus circuitos y pierde sus defensas. La profunda inmunidad de un ser reside en su no-transitividad, en su no conductividad a los flujos múltiples que le rodean, en su secreto y en la ignorancia que vive respecto a su propio secreto.

Decía Unamuno que Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir: "¡yo sé quién soy! " No dijo sino: "¡yo sé quién quiero ser! " Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres, lo cardinal para ti es lo que quieras ser.

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