Cuando uno tiene problemas de identidad intenta regresar al origen, a los recuerdos, buscando en los más viejos respuestas. No se trata de ver, ni mucho menos de hacer, ni siquiera de hacer por comprender, sino de ser. Y entonces la pregunta ya no toma la forma de qué sino de quién, la hermenéutica, llena de nada, inherentemente nihilista, también quiere ir a ver dónde dejó la ontología aprobada, por si recuerda algo.
En el origen lloramos por no poder respirar, por no saber qué era respirar y tener que hacerlo. Luego vendría la angustia de no ser alimentado o de ser dejado solo. Alguien necesitado de aire, comida y compañía, eso éramos para empezar; y tipos que dicen que pueden retroceder aun más, ir más atrás, al paraíso, cuando supieron que les iban a echar de allí. La religión de hoy, la medicina, ha sustituido el dogma del pecado original por el de la carencia original.
No poder hacer nada vendría mucho más tarde, por mucho que la angustia de no tener nada que hacer se haya considerado inseparable de la angustia de no ser alimentado. Cuestionable tanto el paraíso, como el destete, como la condena a trabajar originales. Algunos quieren saber del origen de los males del capitalismo, como si así pudiéramos hacer algo para arreglar el presente desaguisado. Nos dicen que el socialismo, si no pudo con él es porque nunca existió. Lo trágico del universo político reside en esa fuerza oculta que lleva a todo movimiento a negarse a si mismo, a traicionar su inspiración original y a corromperse a medida que se afirma y avanza. Es que en política como en todo, uno no se realiza más que sobre su propia ruina.
Otra odisea es la de viajar hasta el momento en el que empezamos a ir mal como personas. Como una Ítaca que corre más que nosotros los acontecimientos precipicio de nuestra historia siempre parecen ocultarse detrás de disposiciones que sus consecuencias han revelado nefastas. Puesto que nuestra individuación no es más que un nexo de conocimientos, y lo que emerge, por encima de la individuación sigue siendo conocimiento, aunque un conocimiento diverso, he ahí entonces que, arrancando el velo de la persona , aparece la ocasión del éxtasis, del vértigo, del conocimiento que está en el origen, el instante, el primer recuerdo de lo que ya no es conocimiento.
Aquello ante lo cual se origina el vértigo soy “yo mismo”: la abismal ausencia de mí mismo. Pero aquello ante lo cual se origina mi opresión ¿no aparecerá también como “yo mismo”? ¿No será, acaso, la sofocante proximidad de mi ausencia- ya que me encuentro inevitablemente comprometido con esta ausencia que soy? Anda que si el amor fuera también ausencia, carencia de alguien, mal lo tendrían los que quieren que sea el heredero del conocimiento. Bueno, perdimos nuestras raíces, estamos condenados a huir; a movernos, a ser libres. A vivir hacia adelante.
Los aminoácidos que vehiculan la vida son levógiros, menos la glicina, cuya quiralidad (la semejanza-diferencia de la mano derecha con la izquierda) es tan vaga como la del PSOE. El ADN es común a la transmisión de la vida y todos los seres vivos basan sus intercambios energéticos en el ciclo del ATP. Nuestro origen como seres vivos es común. Algunos creen incluso que todos somos descendientes de la primera pareja de Homo Sapiens. Lo que no sé si es común pero desde luego es colectiva es la idea de Dios. La filosofía puede tener y de hecho tiene un origen individual, buscamos siempre los orígenes, NUESTROS orígenes, incluso a las puertas de la muerte, como aquel protagonista de una novela de Tolstoi:
“El hecho es que , de repente su mujer, su hija, su hijo, los criados, los médicos, él mismo sobre todo, en una palabra, todo el mundo se dio cuenta que todas las preguntas que uno podía plantearse a propósito de Iván Illitch, todo el interés que inspiraba a sus semejantes se reducía a esto: ¿Iba pronto a dejar la plaza libre, a librar a su entorno del peso de su presencia, a librarse de su suplicio? ...
Vuelto contra la pared, solo en la gran ciudad, en medio de parientes y amigos, solo como no puede estarse ni en la profundidades submarinas ni en ningún otro punto del globo, Iván Illitch se transportaba por la imaginación, a su pasado. Las visiones surgían una tras otra. Esto tomaba normalmente origen en lo actual, se remontaba hasta la infancia y se paraba”.
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