¡Qué grandes tipos hubiéramos sin duda podido haber llegado a ser si no fuera por la funesta presencia de la represión de la dictadura y la iglesia católica! El que crea que el sarcasmo es lo que guía esta frase está equivocado. El que niegue la evidencia, el que me comporte en general en mi vida como si no lo creyera, es testimonio suficiente de lo profunda que es mi tara. Como a aquellos que les han desprovisto tan completamente de algo que no lo echan de menos o como la segunda muerte del ser amado cuando ya no nos duele su ausencia, a los pobres niños de antes nos duele en la sensibilidad, en la inteligencia, y seguramente en el inconsciente el abuso al que fuimos sometidos.
¡Qué de cosas podríamos estar haciendo ahora si supiéramos lo mal que van a ir las cosas!. Pero la negación de la evidencia de que en realidad no tenemos ganas de hacer nada, fuerza para empezar. determinación para seguir o imaginación para suponer, ¡qué en realidad podemos hacer tan poco!, nos permite vivir tan ricamente hasta que esto de la buena suerte se acabe.
Tengo dos amigas separadas. Bien separadas. Quiero decir que se tratan con sus maridos con educación y los ven con frecuencia. Una lleva tiempo de separaciones y ajuntamientos. La otra ha estado bien hasta que ahora ha roto de golpe. Por lo visto las cosas no iban nada bien pero sólo por parte de él. Que ha tragado y engañado con otra desde hace tiempo. ¿Quién ha tenido mejor suerte? ¿La que sabía o la que no? “Pero ¿no sabe vuesa merced que las comparaciones cuando son de honor a honor, de ingenio a ingenio o de virtud a virtud, son siempre odiosas y mal recibidas?”. ¿Qué me estás diciendo, mi Señor Don Quijote? ¿Que puestos a comparar más vale comparar desgracias? ¿Que tan parecida es la felicidad para todos como peculiar la desgracia de cada uno?
Hubo un día que tuve que llevar a mi hijo a que le quitaran las vegetaciones, mi amigo me dijo que ¿qué prefería, que no le doliera, a base de una anestesia profunda o que le doliera y no se acordara, aguantar sus gritos, y una anestesia superficial? Como soy del oficio opté por la segunda. El chico salió contento y despierto, pero sus gritos quedaron en mi memoria. Sin querer recordé un paciente hipnotizado que salió encantado de una pequeña intervención, pero que cuando fue puesto en trance de nuevo quería pegarnos a todos. Ojos que no ven, que no saben, que no recuerdan... ¿corazón que no siente?
No queremos ver hasta que resulta evidente, por mucho que la observación de efectos físicos cada vez más pequeños haya provocado cada vez más grandes en nuestra concepción del mundo. Se diría que sacamos conclusiones cada vez mayores de evidencias cada vez menores. ¿Qué es lo que justifica estas inferencias? ¿Podemos estar seguros de que sólo porque una estrella aparezca desplazada unos milímetros en una placa fotográfica de Eddington el espacio y el tiempo deben ser curvos, o que sólo porque in fotodetector situado en una determinada posición no registre un impacto con luz débil, deben existir universos paralelos?.
Nos gusta la evidencia porque nos gusta compartir. Ni siquiera en esa soledad aceptada o querida podemos extirpar de nuestro afán la indeleble aspiración a compartir nuestras propias evidencias. Nos cuesta un esfuerzo ímprobo no decir “es hermoso” cuando queremos decir “me gusta”.
Por mucho que tengamos que probar ante todo la evidencia; ya en 1976 K. Appel y W.Haken utilizaron un ordenador para demostrar la famosa “conjetura de los cuatro colores” (la de que utilizando sólo cuatro colores puede ser coloreado cualquier mapa dibujado sobre un plano sin que dos formas adyacentes tengan nunca el mismo color) El programa requirió cientos de horas de cálculo realizados por ordenador, lo que significaba que los pasos de la demostración, puestos por escrito no hubiesen podido ser leídos -y mucho menos reconocidos como auto evidentes- por un ser humano en varias vidas. ”¿Nos fiamos de la palabra del ordenador y damos la conjetura por demostrada?”
Es un error muy propio de intelectuales progresistas, juzgar las utopías por la evidencia moral de sus motivaciones, y no por su funestas y no pretendidas consecuencias; y cuando estas consecuencias se producen una vez sí y otra también, monótonamente y sin excepciones, seguir entonces sin desacreditar éticamente de una vez por todas dichas utopías. Y es un error todavía peor por parte de los economistas clásicos, suponer que podemos hacer como sin la ayuda de ellas podemos salir del evidente lío en el que estamos. La misma academia sueca, que evidentemente no está tan a salvo de los embates del sentido común como estamos todos los perjudicados una infancia vivida en la represión, está premiando con el Nobel de Economía a economistas críticos con el sistema desde hace cinco años.
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